Poetisas.

De pequeña quiso ser poetisa. Sonaba repelente. Nadie supo dónde demonios había aprendido aquella niña el término; ella misma no lo recuerda. Hubo un libro que pudo ser causa o consecuencia de su decisión. Un puñado de poemas, en pasta dura, bajo el título “Joyas de la poesía cristiana española” con sus bellas ilustraciones andaba entre sus lecturas de apenas ocho años. Pero nada en el libro lleva al énfasis de “poetisa”, en femenino, que la niña ponía en su proyecto de futuro. Tan solo un poema de Teresa de Jesús, entre la selección. Aprendió, sin embargo, aquellos poemas de poetas y aquel único de poetisa que su pequeño tesoro bibliográfico le brindó.

También entre sus primeros sones, Cecilia, una poetisa con guitarra pero sin premio Nobel que, pese a haber fallecido cuando la niña poetisa apenas tenía ocho años, ha seguido sonando en sus silencios y poniendo poesía en femenino en el camino.

Y así siguió la vida, siendo y queriendo ser las muchas cosas que la vida le mostraba como gratas (o como apasionantes que es el otro modo de agrado que ha conocido siempre). Y siempre la palabra, rimada o no, entre sus imprescindibles. Así llegó Rosalía de Castro, a la que descubrió como tarea escolar; termino por adoptarla como poetisa de cabecera en medio de los sentimientos trágicos de adolescencia.

Entre tanto, ajena a los debates sobre el género en la palabra, abrió la mente a otras escritoras, hacedoras de poesía con o sin rima. Mujeres de aquí y de allá que pusieron en palabras los pensamientos que ella había sentido. Mujeres de ahora y de antes que vivieron con apasionamiento lo que inventaron con palabras; quien sabe si el orden fue el inverso. Mujeres de la evasión y del realismo; del ensoñamiento y de los pies en la tierra. Damas del arte puro y del arte comprometido. Mujeres, todas ellas, que tuvieron la palabra como materia prima y la poesía como resultado.

Nunca fue una de ellas, aunque aprendió a identificarse con la palabra escrita más que con la oralidad.

Nunca quiso imitarlas, aunque les debe el atrevimiento de sentarse a escribir.

Nunca pensó, hasta hoy, que se las celebrara en este recién inaugurado Día de las Escritoras inventado en España. Y sin embargo aplaude la iniciativa y agradece a tantas mujeres, maestras de palabras, su existencia.

Firmado: La niña que una vez quiso ser poetisa.

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