Galicia.

¡sófrese tanto nesta querida terra gallega! (Rosalía de Castro)

Mi primer recuerdo vivo de Galicia viaja en un autobús con una cincuentena escasa de escolares y tres docentes; yo una de ellos en mis primeros años de magisterio de carne y hueso.

La partida desde el corazón de La Mancha y desde un colegio de los que algunos dan en llamar marginal  porque acostumbran a ver como vida real solo su parte. Un pueblo hecho a si mismo en mitad de una llanura a veces árida, conocido por su tesón, y por aquel entonces, por contar con una gran proporción de jornaleros mutados en albañiles nómadas. De allí, y con los mismos genes, medio centenar de jóvenes con la alegría de recorrer un millar de kilómetros para estar juntos y visitar una tierra de la que solo habían oído hablar desde lejos. Algunos de ellos viajaban por primera vez en autobús aunque hubieran gastado muchas horas de sus cortas vidas en furgonetas contribuyendo a la economía familiar en recolecciones agrarias, obras o mercadillos.

La ocasión del viaje la ponía sobre la mesa una iniciativa de la Junta de Comunidades que seguramente costaba demasiado y no devolvía, en dineros, lo mucho que valía. Una iniciativa que facilitaba que los escolares (y las maestras poco viajadas que los acompañaran) conocieran otras tierras ajenas y distantes.

Recorridos los muchos kilómetros desde ese pueblo terco y manchego nuestro hogar por apenas cinco días sería un hotel en Sada, en las Rías Altas coruñesas. Y Sada ha estado hoy de actualidad por el olor a humo criminal, y el estupor del fuego. Imagino a mis compañeros de viaje, veinticuatro años después, recordando cada uno en su vida separada, aquel viaje; como yo lo hago ahora.

Podría citar por nombre a la mayor parte de mis alumnos y alumnas de entonces, y sé que también los reconocería si me los encontrara hoy.  Solo he necesitado dar una vuelta por Facebook para poder afirmarlo. He encontrado a algunos  juntos en un grupo que lleva el nombre del colegio que nos unió, y que es, para siempre, mi colegio. Ahora tengo un grupo más de redes para robarme algo del tiempo escaso, pero que me regalará a cambio más de una sonrisa.

El viaje a Galicia fue una aventura para todos. Me fluyen los recuerdos de la ingenuidad de mis poco viajados compañeros. Uno de ellos necesitó solo llegar al primer peaje, que imagino un poco más al norte de Madrid, para descubrir el que por unos segundos pudo ser el negocio de su vida. “Maestra, una caseta como esta podríamos poner en la carretera del pueblo vecino para sacar cuartos”. No había en el currículo de entonces, ni en la literatura pedagógica, la cantidad de referencias al espíritu emprendedor que hemos generado después. No sé si pienso que no era necesario.

Escuché por detrás una conversación entre chicas sorprendidas a partes iguales por la Torre de Hércules y el azul del mar. Mostraban conocimientos desiguales y limitados de geografía. El debate estaba en si la Torre había estado así siempre o si la hicieron muchísimo tiempo atrás “cuando el mar estaba en seco”. Sentenció la afirmación rotunda de una de las platicantes: “Imposible, porque el Mar Egeo ha sido siempre mar; vaya, que nunca el mar ha estado en seco”. El Mar Egeo del que todos habíamos oído hablar desde ese diciembre era un enorme petrolero de bandera griega que había contaminado el mar y el aire de Galicia y que quedó allí encallado por demasiado tiempo. Y hoy, que mis primeros recuerdos vivos de Galicia renacen con el olor de las cenizas de la desgracia, se encadenan otros recuerdos de otras cenizas y otras desgracias que no hemos sido capaces de evitar.

Pero hubo muchos momentos divertidos en aquellos pocos días gallegos.

Por ejemplo cuando tuvimos a unos cuantos alumnos perdidos una tarde retrasando la actividad del grupo entero. Por suerte no era tiempo de móviles y las redes sociales eran de carne y hueso, o todo lo más de lápiz y papel. Gracias a ello no cundió la alarma más allá de Sada; no hubo padres preocupados por alumnos perdidos, ni carteles, ni quejas, ni denuncias. Cuando la historia trascendió más allá del grupo ya estaba completa y tenía final feliz. Los cuatro o cinco mozos aparecieron cuando finalizó el mitin que se celebraba en la playa. El viaje coincidía con la campaña electoral de las penúltimas elecciones generales del siglo XX. El enfado no era solo de los profesores; algunos de sus compañeros estaban ofendidos por el tiempo perdido. Así que los alumnos perdidos y vueltos a encontrar aguantaron las regañinas de todo el grupo. Como disculpa ninguna razón política: “es que daban sardinas y eran gratis”. Y frenar la carcajada se hacía difícil ante aquella mezcla de sinceridad y aprecio de las cosas por su precio que era tan propia entonces del pueblo manchego del que habíamos salido.

Para muchos de ellos las noches también vinieron llenas de novedades. Disfrutaban de sus catorce o quince años, de un viaje con amigos y de sus primeras noches de discoteca. Disfrutaban también de sus casi primeras situaciones de contacto de hormonas diversas, pero efervescentes todas. Disfrutaban de la discoteca del hotel, tomado solo para escolares. Cuando el horario del ruido terminaba, alguno de ellos pasó la noche junto a los guardias de seguridad en el vestíbulo por no haberse creído que la hora del ruido había llegado a su fin verdadero. Y la mezcla de juventud, hormonas, discoteca y tiempo juntos hizo lo inevitable. Si en el trayecto de ida los compañeros erandel mismo sexo, porque así lo habían decidido ellos, en el de vuelta las parejas se habían ido configurando. Cuando el cansancio les rindió de vuelta a casa, resultaba tierno ver a algunos pares acurrucados con la postura del primer amor. No me consta que ninguna de las parejas prosperara, pero puedo estar equivocada y me dejaría sorprender si alguien me diera hoy, tantos años después, otra noticia.

Todo les llamaba la atención y merecía el comentario de sorpresa o asombro de alguno de ellos; el paisaje que mezclaba montes y rías, el mar, los rebaños pequeños, las vacas sin establos, las hortensias que les parecían demasiado grandes y demasiado azules para ser de verdad, los hórreos cuya razón de ser creo que no llegaron a entender. …

Yo me empeñé en que visitáramos la casa de Rosalía de Castro porque he llevado su poesía grabada en mi memoria desde que la descubrí en la escuela de mi infancia. Una casa que yo había imaginado oscura por asociación con sus retratos siempre enlutados y con una escritura impregnada de tristeza. Me sorprendió la luz en el interior de la vivienda a través de las ventaban que lograban casi el mismo sol dentro que fuera sin dejar entrar la lluvia. Una lluvia que estudiábamos como frecuente en Galicia y que sin embargo, en estos días que escribo, tanto hemos echado de menos.

Una casa a la que tuvimos que volver porque yo, que era la maestra, responsable del grupo, y empeñada en visitarla, me había dejado allí la carpeta con los documentos necesarios para continuar el viaje. No fue  la única vez que perdía una carpeta con papeles del colegio, pero eso es otra memoria que ahora no viene al caso. Me tocó un sonrojo y muchas risas cuando de vuelta al autobús, tras mi carrera en solitario por el aparcamiento, mis alumnos y alumnas reclamaban como iguales su derecho a llegar tarde o a hacernos perder el tiempo. En realidad reclamaban sin saberlo su derecho a estar de igual a igual en el mundo de adultos que los docentes representábamos. Lo hacían con la tranquilidad que la cercanía de los días en común les había dado y con una leve sensación de arriesgar la parte de infancia que dejaban atrás.

La visita a La Coruña incluía una entrada al Museo de la Ciencia que fue el primer museo interactivo público de España y el primer sitio donde yo misma vi con asombro un péndulo de Foucault.

Pero el asombro real de esa tarde estuvo en el camino. Llevábamos la intención de pasar por los exteriores del Riazor porque el conductor del autobús nos había dicho que era posible. Nos dejó en un lugar cercano para seguir caminando y al pasar por la puerta la encontramos abierta. A algunos de los chicos les resultó imposible pasar de largo y en esa intención de asomarse encontraron a alguien que les ofreció la posibilidad de una visita rápida. No recuerdo su nombre ni su rostro, pero aquel hombre vestido de chándal impecable había estado vinculado al Manchego y cuando supo de nuestra procedencia nos invitó a la entrada y a unas fotos. En este caso fueron los chicos los que hicieron todo el trabajo incluyendo el salir para que todo el grupo entrara. Mi relación con el fútbol entonces era de afición discreta a un equipo nacional y de enorme inclinación a ver partidos con amigos, quizá más por la vida social y la merienda que por otra razón. Hoy, mientras escribo, Ciudad Real y Galicia me arrancan una sonrisa silenciosa que evoca la cara de felicidad que vi en mis alumnos al tocar el césped en el que jugaba Real Club Deportivo de La Coruña, acompañados por alguien del Manchego.

Debería terminar, pues la memoria se va animando y encuentra enlaces imposibles para traer imágenes que han estado dormidas mucho tiempo. Galicia fue el destino de mi primer viaje largo como maestra. Hubo otros. En todos creo que aprendieron tanto ellos y ellas como yo, y disfrutamos juntos. He vuelto varias veces como turista y he disfrutado igual de cada rincón y cada imagen.

Estos días que las noticias han sido muy tristes desde Galicia y sus alrededores, este texto de recuerdos es mi pequeño homenaje a la tierra que conocí primeramente llegando, desde La Mancha, en un autobús cargado de escolares. No me pareció entonces un tierra triste, por mucho que hoy coincida con Rosalía en que se sufre mucho en esta tierra gallega.

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