Que nunca más la ignorancia destruya bibliotecas.

He escrito este artículo como Concejala de Bibliotecas en Ciudad Real, y como usuaria de bibliotecas y lectora. ¡Espero opiniones!

Muchas veces a lo largo del año celebramos con alegría fechas que tienen un origen dramático o al menos triste. Nos pasa, por ejemplo, cada 8 de marzo cuando nos unimos en la conmemoración del Día Internacional de la Mujer (Trabajadora) que surgió tras la muerte de ciento veinte mujeres que luchaban por sus derechos, y que murieron sin saber hasta dónde alcanzaría su lucha y su trágica muerte. Nos pasa cada primero de mayo, en el Día del Trabajo, fijado a partir de la lucha de trabajadores sindicalistas tampoco exenta de muertos. Y me llama la atención que nos pasa también cada veinticuatro de octubre desde hace veintiún años.

Un año tras otro celebramos el Día de la Biblioteca.

Lo hacemos pensando en animar a niños y mayores a leer, a convivir y a participar de las bibliotecas municipales que en Ciudad Real tenemos distribuidas por todos los barrios. Pero quizá no todos sabemos que detrás de esta celebración festiva y alegre de los espacios de lectura, hay también un profundo drama y un dolor histórico que nunca más debería ocurrir. Cada veinticuatro de octubre, conmemorando el Día de la Biblioteca, recordamos la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo en la no tan lejana “guerra de los Balcanes”. Cualquiera de los usuarios de nuestras bibliotecas podría imaginar que la historia de la Biblioteca de Sarajevo es fruto de la inventiva de algún autor o autora cargado de dramatismo. Algunos quizá piensan que destruir bibliotecas es cosa del pasado, porque son los propios libros los que cuentan lo que pasó también en Alejandría, o en Constantinopla o las quemas de libros que de tiempo en tiempo han ido manchando la historia de odio y de ignorancia.

Y sin embargo el mejor espacio para la paz y para la concordia es una biblioteca. Allí un autor y su rival pueden convivir mejor incluso de lo que pudieran haber convivido en su existencia. Un pensador y su adversario pueden volver a debatir gracias a los lectores que los sacan del letargo en el que esperan en las repisas o en los catálogos. Una costumbre y otra se acercan, aun procediendo de lugares distantes y dispares, gracias a que en las bibliotecas se acumula el saber y se acortan distancias.

Hasta una misma historia existe contada desde todas las ópticas en las que pudo haber sido real, gracias a los libros que las narran y las bibliotecas que los conservan. O incluso los sentimientos y la forma de ser o el pensamiento que caracterizó a alguien, ayuda a conformar la personalidad de los nuevos lectores. Porque la palabra que alguien dejó escrita está ya siempre a disposición de una nueva mirada, la de cada lector que vuelve a ella al abrir las páginas de un libro.

Por eso las mayores virtudes de cualquier Servicio Municipal de Bibliotecas no son las que se cuentan en números. No son las bibliotecas de Ciudad Real más importantes por estar tejidas en red y contar, en lo local con hasta diez bibliotecas municipales. Tampoco por guardar uno fondo bibliográfico total más de noventa mil ejemplares; ni porque las visiten cada mes en torno a cuatro mil personas. No es lo más importante que realicen más de treinta mil préstamos cada año. Tampoco es su mayor mérito mantener año tras año una programación activa en la celebración del Día de la Biblioteca; ni por celebrar otras fechas de origen triste con la alegría de la lectura.

La mayor fortaleza de las bibliotecas Municipales de Ciudad Real es mantener todo el año, desde la cercanía, recursos y tiempo para la lectura en todos los formatos y para todas las edades. Porque haciéndolo así mantienen todo el año su misión de convivencia y la acercan a cada barrio, a cada pedanía, y de allí a cada calle y casa, y a cada vecino y vecina de la ciudad. Todo el año nuestras bibliotecas son un lugar de encuentro entre personas, de aprendizaje, de convivencia, de creación y aprendizaje de cultura, de formación, de socialización…

Y con esta fortaleza todo el año, cuando además cada octubre retomamos las celebraciones del Día de la Biblioteca, podemos hacerlo con alegría. Porque sabemos que abriendo así las bibliotecas trabajamos también para que nunca más la violencia o el odio se ensañen con el espacio que cuida y conserva la palabra; para que nunca más la ignorancia ni el odio destruyan bibliotecas.

 

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