Derroche.

“España es un país de derroche” Juan Roig, presidente de Mercadona en 2012

Acabo de ser consciente.

Lo intuía cuando escuchaba a un grupo de tertulianos sin habilidades para el debate atribuir todos los males de nuestros días a las políticas de derroche que nos precedieron.

Recurrí al diccionario.

Es lo justo cuando se duda sobre la distancia que media entre lo que se dice, lo que se cree que se quiere decir y lo que se entiende.

Derrochar, cuando se refiere a una persona, es la acción por la que esta malgasta su dinero o hacienda, y por extensión, puede referirse a otros bienes sean materiales o no. De ahí la segunda acepción, según a cual derrochar implica que alguien emplee excesivamente las cosas que posee, como el valor, las energías o el humor.

Pues hablemos, entonces,  de lo que yo malgasto; de lo que gasto en cosas malas o inútiles.

Desde la comodidad del sofá en que escribo puedo afirmar que derrocho vivienda, porque tengo más de la que necesito. Me bastaría con una habitación en que tener mis libros, papeles, una mesa y una cama, una fuente de calor para el invierno y algo de mobiliario para el orden.  Sin embargo tengo una casa con patios y más dormitorios de los que uso. Un derroche de espacio cuestionable en tiempo de crisis y austeridad. Y dentro de mi casa derrocho en comodidad. No me arreglo con un plato y un vaso y tengo varios. Ni con un poco de leña para calentarme y enciendo y apago la calefacción a conveniencia.

Derrocho en cuidado personal. Bastaría con ir limpia y aseada y yo me pongo cremas y perfumes y combino vestidos con zapatos y lazos. Guardo más de los que necesito y aunque no repongo cada temporada, sucumbo a una tarde de compras de cuando en cuando.

Derrocho en medicinas y me tomo un calmante cada vez que el dolor asoma por mi casa. Podría soportarlo con mayor entereza o haberme acostumbrado a la jaqueca o a los dolores periódicos de vientre. Pero tomo calmantes con la esperanza de que alivien la pena aunque sé con certeza que no sanan.

Fijaos si derrocho, que hasta tengo un montón de lápices de colores cuando para poner palabras por escrito basta con un papel y un lapiz negro. Igual es ya derroche el querer escribirlas cuando pensarlas sea solo suficiente.

Pues si, me acuso de derroche y despilfarro. No parece imprescindible continuar la lista para probarlo.

Me impongo el veredicto: me acuso, además del derroche, de desear y hacer esfuerzos porque derrochen otros.

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