Adiós Adolfo.

“Sin su ayuda, España no habría volado nunca ni tan alto ni tan lejos”     Adolfo Suárez Illana,  respecto de su padre, Adolfo Suárez González, el 21 de marzo de 2014

Cierto.

Lo reconoce alguien que, cuando el padre irrumpía en el gobierno preconstitucional, apenas contaba con ocho años de edad, que fueron algo más de diez en el momento en que se inauguró, con una mezcla de sabores y temores, el periodo constitucional que hoy disfrutamos.

Pero no es su intención hoy cuestionar las palabras del hijo, ni discutir los hechos a la historia que hoy cuentan periódicos y televisiones.

Quien escribe celebró aquellos tiempos sobre todo en el discreto contexto de su casa, y en el obligado espacio de su escuela. De ambos recuerda a un puñado de hombres y mujeres sin cuya ayuda, silenciosa y simultánea, tampoco España habría volado ni tan alto, ni tan lejos. Personas acostumbradas a vivir en privado sus ideas al tiempo que anhelaban la restauración de un régimen que había sido derrocado por un alzamiento militar, una guerra civil y muchos años de silencio. Hombres y mujeres que habían llorado con sordina sus ausencias y a sus muertos. Ciudadanos que trabajaban por un bienestar material que la historia les negaba, mientras veían como por una rendija inevitable, el extranjero como el lugar donde habitan los ricos.

Quien escribe ha oído de aquí y de allá que todo, en aquellos años en los que España levantaba el vuelo, inspiraba temor. Que se vivieron con miedo cotidiano a que el vuelo no aterrizara en el lugar deseado, a que las alas no sustentaran el peso, a que cada uno quisiera volar por si mismo, a que fuera una trampa o a que volviera el miedo. Y con una disciplina no sé si aprendida, genética, o autoimpuesta, empujaron y acompañaron el despegue. Votaron. Opinaron y hablaron. Trabajaron. Educaron. Convivieron. Soñaron. Hicieron suya una hoja de ruta que no hubieran escrito pero que asumían como la mejor posible y como la de todos.

Todos esos hombres y mujeres que no dejaron que el miedo se convirtiera en pánico fueron igualmente imprescindibles para que España llegara tan lejos y tan alto.

Hoy, cuando despedimos a Adolfo sin negarle el honor y el respeto que le otorga la historia, quien escribe comparte su homenaje por igual con un buen hombre que se ha ido y con todos los otros hombres buenos sin cuya ayuda, desde el anonimato, España no habría volado nunca ni tan alto ni tan lejos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *