Un Cuento de Enanos.

Texto de Bollinger que hice mío (y de los niños) el pasado jueves en el XIV Maraton de Cuentos de Ciudad Real.

Había una vez un enano. No era demasiado guapo. No era demasiado feo. Era un enano corriente y se llamaba Gustavo.

Pero, como todos los enanos, Gustavo poseía algo que sólo a él pertenecía y a nadie más: tenía una voz maravillosa.

Con aquella voz, Gustavo no sólo cantaba las canciones que aprendió de los viejos enanos; también compuso otras: eran sus propias canciones.

Su primer público lo formaron los niños de la vecindad.

Pero con el tiempo, llegaron enanos de tierras lejanas con el único deseo de oír a Gustavo.

Sus cantos les hacían felices.

Por escucharle, le regalaban lo que él necesitaba para vivir: agua fresca, nueces maduras, raíces tiernas y jugosas bayas. A veces, hasta alguna piedrecilla que habían encontrado en el lecho del arroyo.

Gustavo era feliz.

Pero un día llegó volando un cuervo.

En la pata llevaba un anillo de oro.

También él había oído hablar de la voz de Gustavo y le pidió una canción.

Gustavo quedó prendado del anillo de oro y pensó:

«Ojalá tuviera un anillo como éste».

—Si me das tu anillo de oro, cantaré para ti —dijo Gustavo al cuervo.

El cuervo se quitó el anillo de la pata y se lo regaló.

Pocos días después llegó reptando una serpiente.

Sobre la cabeza llevaba una corona de oro.

También ella había oído hablar de Gustavo y le pidió una canción.

Gustavo quedó prendado de la corona de oro y pensó:

«Ojalá tuviera una corona como ésta».

—Si me das tu corona de oro, cantaré para ti —dijo Gustavo a la serpiente.

La serpiente se sacó la corona de la cabeza y se la regaló.

Finalmente, llegó una rana.

Conducía una carroza de oro.

También ella había oído hablar de la voz de Gustavo y le pidió una canción.

Pero Gustavo quedó prendado de la carroza de oro y pensó:

«Ojalá tuviera una carroza como ésta».

—Si me das tu carroza de oro, cantaré para ti —dijo Gustavo a la rana. La rana bajó de la carroza y se la regaló.

Desde entonces, Gustavo salía cada día con la carroza de oro.

Quería mostrar a los demás su corona y su anillo de oro.

Ya no tenía tiempo para ejercitar su voz y cantar sus canciones.

Los enanos le pedían que cantara, pero él se reía de ellos.

Con el tiempo, sus amigos se marcharon. Tampoco su primer público, los niños de la vecindad, osaba acercarse a su presencia.

Gustavo estaba solo.

Perdió la ilusión de salir cada día con la carroza de oro para mostrar a los demás su corona y su anillo de oro.

Se quedaba en casa.

Intentaba cantar de nuevo, pero su voz había perdido potencia y no se le ocurrían nuevas melodías.

Gustavo estaba triste.

Entonces, decidió ponerse en camino para recuperar sus canciones.

Con su carroza de oro subió colinas y atravesó valles y, por fin, descubrió al cuervo sobre un árbol.

—Quédate con el anillo de oro, no lo necesito. Busco mis canciones —dijo Gustavo.

—Las encontrarás —contestó el cuervo.

Y cogió el anillo y emprendió el vuelo.

Gustavo siguió adelante, subió colinas y atravesó valles y, por fin, descubrió a la serpiente sobre una piedra.

—Quédate con la corona de oro, no la necesito. Busco mis canciones —dijo Gustavo.

—Las encontrarás —contestó la serpiente.

Y cogió la corona y se marchó de allí.

Gustavo siguió adelante, subió colinas y atravesó valles y, por fin, descubrió a la rana sobre una hoja.

—Quédate con la carroza de oro, no la necesito. Busco mis canciones —dijo Gustavo.

—Las encontrarás —contestó la rana.

Y subió a la carroza y se alejó.

Gustavo se quedó sin anillo, sin corona, sin carroza y sin canciones.

Añoraba su casa y la compañía de los otros enanos.

Se puso en marcha de nuevo, subió colinas y atravesó valles.

Tenía hambre, tenía sed y le dolían los pies.

Pero en el camino, a medida que avanzaba, encontró la potencia de su voz y las melodías olvidadas.

Cuando Gustavo volvió a casa, halló a todos los enanos esperándole. Tenían todo lo que él necesitaba: agua fresca, nueces maduras, raíces tiernas, jugosas bayas y una piedrecilla que habían encontrado en el lecho del arroyo.

 

Y Gustavo…

Gustavo les regaló sus reencontradas canciones.

Todos fueron felices.

 

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