PORSCHE.

“Cuando las crónicas dicen que los ricos son cada vez más ricos y los  pobres más pobres”.

… El semáforo rojo.

El semáforo verde.

Los coches paran y yo finalmente cruzo la avenida. No he mirado el reloj. Unos minutos de intervalo lumínico parecen eternidades para las tareas que guardo en mi cabeza. La sorpresa.

Imprevisible.

Nunca había visto un coche como el que quedó a mi diestra en el paso de cebra de cada medio día. Negro, limpio e imponente.

Giro a la derecha, caminando ya sobre la acera. Vuelvo la cabeza en un movimiento reflejo para poner nombre a la visión automovilística que me ha sacado de un mundo mentalmente estresado. Increíble para un simple transeúnte en hora del almuerzo en periodo de crisis.

PORSCHE.

Lo declaran las letras de brillo platino sobre el negro metálico de la carrocería. No alcanzo a ver más. Ni número, ni nombre del modelo, ni matrícula…

El coche arranca con un estruendo silencioso que lo lleva tan lejos de mi vista como lejos está de mis posibles.

Lo extraño. Un espejismo o una ilusión mental. ¿Era el mendigo del parque el que subía al auto aprovechando el tiempo en rojo? ¿Qué puede hacer un vagabundo crónico en ese auto?

Extraño contraste: rico coche y pobre pasajero.

Prosigo mi caminar. Las facturas pendientes vuelven a ocupar su lugar en mi mente. El sentido de la marcha me aleja del portento.

Cien metros recorridos para olvidar el auto y el mendigo. Parada de autobús. La cotidiana. Calculo unos minutos para que llegue el mío. Espero bajo la marquesina. Mínima protección bajo su sombra.

“El tres. Llega enseguida”. Dice el panel eternamente en pruebas. Suspiro. Sustracción mínima al tiempo de descanso entre jornadas de mañana y de tarde. Comeré algo sencillo. Descansaré más rato.

¡Dios! ¡El mismo coche! CAYMAN dice en letra pequeña y plateada.

Se acerca por mi izquierda. No vuela ahora tras descargar un bulto. Pasea reclamando los ojos de todos sobre el brillo del precio que no dice. Pausada monotonía que permite dibujar en mis ojos figuras de sus llantas.

Efecto hipnótico.

El cristal de delante no es tintado. El conductor no importa. En el sitio de al lado sorprende una mujer como una estrella. Rubia. No distingo más rasgos. Me basta ver el coche para ver su hermosura y su portento.

Rabia. El portafolios se ha cargado de piedras a juzgar por su peso. El reloj se murió. Me duele la miseria de un contraste que me deja parada. Pensaré en las facturas para avanzar tareas.

¿Y el autobús? ¿No llega?

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