Lunática.

He visto una luna como la de hoy hace muchos años.  Entonces era ella la que me inquietaba con una presencia brillante sobre el mar. Mi mirada le devolvía, con esfuerzo, la fuerza de una vida adolescente que solo anticipaba voluntades.

La voluntad de un futuro profesional que fuera propio y que se construyera junto a amigos que eran pocos pero fuertes. La miraba con el tesón de mantener por siempre el cuidado y el apego de toda la familia y el empeño de que necesitarnos siempre era una forma de tenernos. La miré fijamente evocando los amores que parecían anticiparse en postales y cartas escritas a hurtadillas como haciendo amagos de llegarme a enamorar, pero sin conseguirlo mientras esa voluntad de luna helada no lo permitiera.

Hoy no he permitido que la luna me mirara.

La he mirado yo primeramente por encima de un resto de muralla que se me antoja a la par tan vieja como mi vida mirando lunas, y tan joven como una luna que solo hubiera brillado hoy. Un resto de la historia que creo que no alcanza la edad de mis propios sueños, que pese a parecer logrados, pudieran ser tan viejos y tan reales, como el astro nocturno y la muralla juntos.

No he permitido que ella me mirara con la inquietante luz de un hechizo nocturno en primavera. La miré yo primero, con realismo, con la voluntad madura de quien se deja intimidar solo a sabiendas, aún a riesgo de equivocar la ocasión. Con la voluntad madura de quien tiene la decisión tomada de ser quien es y encontrarse donde lo hace.

La observé yo primero con la  intención de discernir de los  brillos del astro los que arrancan dolor e los que dan la alegría. Y asumí que quería seguirla observando mucho tiempo, aunque a veces doliera por el silencio que la envuelve, por el recuerdo del error, por la distancia que la aleja, o por las ausencias que, de cuando en cuando, evoca. Y decidí que quería mantener la voluntad de mirarla porque cada distancia existe porque hubo cercanía, cada error porque ha existido intento, y cada ausencia encierra una presencia que nada ha podido borrar.

Y mi mirada tranquila de caminante solitaria, ha sido como un reto, para que nada, ni siquiera la luna que me ha observado siempre, ose poner en duda mis certezas.

La he mirado yo para retarla, a no poner en duda a mis amigos, los que llegan de nuevas a quedarse ni los que pese a distancias en tiempo y en kilómetros miran conmigo al mismo astro desde su soledad y su muralla. He mirado a la luna a sabiendas de que el tiempo que la hace circular traerá nuevas nostalgias, cariños, dolores y certezas entre los más cercanos, pero no podrá destejer los lazos que se han tejido durante muchas lunas.

He vuelto a ver la luna y la muralla sin la inquietud de quien está perdido, porque he visto que siempre, como en la noche oscura, hay una luz que acompaña el camino pero que no es nada si no hubiera camino para andar y voluntad de seguir su recorrido.

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