I. Plutarco.

“El trabajo moderado fortifica el espíritu, y lo debilita cuando es excesivo; así como el agua moderada nutre las plantas y demasiada las ahoga” Plutarco.

Hacía mucho que no se encontraba con un calendario de bolsillo, de hecho pensaba que ya no existían, pero en el bar en el que había desayunado, le habían dado uno que ahora tenía sobre la mesa y al alcance de su fija mirada mientras esperaba decidirse a preparar algo de cena.

Plutarco.

Quizá ni siquiera fuera el autor de la frase. Recordaba, de sus años de facultad que era un sabio griego. Igual no lo recordaba, solo lo intuía.

En realidad recordaba muy poco de sus años de facultad. No le había servido para nada cursar una carrera; podía habérselo ahorrado. Nunca pensó dedicarse a la enseñanza que era lo que hacían casi todos los licenciados de su época. Al terminar y gracias a los amigos de su padre, encontró trabajo pronto y desde entonces había tenido una trayectoria admirable.

De la universidad solo la conservó a ella. Se juraron amor eterno al tiempo que se prometieron muy libres y sinceros. Se casaron. Y salvo encuentros esporádicos por la ciudad con alguno de los compañeros, nunca mantuvieron ningún contacto con nadie.

Plutarco.

La frase estaba escrita sobre una fotografía, un relajante paisaje marinero. No pegaba nada, pero si no te fijabas, ni entrabas al detalle de la sentencia, formaban una unidad impecable. Así era él. Nada en común con María. Dudaba si alguna vez habían tenido algo que ver. Sin embargo, desde que se conocieron en clase habían mantenido una imagen de unidad. Primero como amigos, después de novios, aunque no fue un noviazgo largo de los de entonces, y luego se casaron.

Quizá el exceso de trabajo había ahogado también su relación. El nunca tuvo conciencia de ello y ahora, aunque resonaban en su mente las palabras de María, le costaba creerlo. Más bien huyó al trabajo para no ahogarse.  Era de los más antiguos en la oficina, y aunque había tenido que trabajar en varias sucursales, por fin había alcanzado un puesto de responsabilidad y estabilidad.

Era una buena excusa para pasar más horas fuera de casa que dentro. Se había hecho imprescindible. Revisaba todos los informes, supervisaba las cuentas y hasta se encargaba personalmente de que el archivo estuviera siempre escrupulosamente ordenado. Se pedía su opinión siempre que había que tomar una decisión delicada y se le agradecía si el éxito acompañaba después.

María no entendía que un profesional con tan buena trayectoria y tan buen puesto, no pudiera ser tratado de manera flexible en cuanto a horarios o calendario. Achacó a este exceso de trabajo, más autoimpuesto que demandado, que no la acompañara en cosas que para ella fueron importantes. Tampoco entendía que el tiempo que compartían, además de la cama, fuera casi exclusivamente el de la comida y unas pocas tareas que realizaban juntos.

Hacía mucho que él era consciente de que no estaban hechos el uno para el otro, pero siempre pensó que dejando las cosas como estaban, todo estaría bien. No pedía grandes cosas de la vida. Ahora todo le parecía un error y a medida que manoseaba el calendario se reprochaba el haber fingido que eran uno, como la frase de Plutarco y la imagen marina.

Se reprochaba no haberlo hecho antes y, aunque le dolía enormemente, hacía ya un par de días que se había marchado. En la oficina no sabían nada, ni tenían que saber hasta que se estabilizara. Cumplía con sus horarios y sus rutinas con la misma diligencia. Él si notaba un gran alivio, como si su vida pasada se hubiera cursado con esfuerzo; el esfuerzo de no vivir sin más. Como si dependiera de las letras que miraba insistentemente mantenerse pegadas al cartón. Ya no tenía que poner más fuerza en ello.

Y al mismo tiempo le entraba una enorme desazón, que le hacía sentir el abismo al borde de sus ojos. Quería empezar de nuevo, pero no estaba seguro de qué era lo que quería empezar. De nuevo Plutarco le daba lecciones. ¿Qué dirían las letras si las  soltara del maldito calendario?  ¿Qué imagen escogerían para sentirse uno? Y así, con pensamientos sobrios que le parecían de locura, aguantaba un miedo inconfesable que sabía tenía que guardar tan solo para sí. ¿Y si las mismas letras liberadas de una foto que no les corresponde no fueran capaces de decir nada?

No quiere pensarlo más y en un arranque repentino, raja el calendario.

Lo confirma, no puede separar las palabras del resto. Y con esa agónica confirmación que se mueve solo entre su mente y sus manos, rompe a llorar, más para adentro que para el mundo. Mientras, convierte en minúsculos pedazos el calendario que le ha devuelto tantos recuerdos, y con ellos tanta rabia.

¡Plutarco!

Suspira y enciende un cigarrillo. En un gesto de sorna que le libera pide perdón a Plutarco, por si rajar su escrito, hubiera sido motivo de ofensa.

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