Eureka!!!

Hace ya muchos días que la maleta reposa en el altillo del armario esperando su próxima salida. La ropa planchada, dispuesta ordenadamente sobre la cama, aguarda el momento en que irá siendo colocada en el armario hasta el próximo verano. Toda la casa parece en orden, lista para la llegada de un otoño que es al mismo tiempo el inicio del nuevo curso y casi el de una nueva vida.

En ese orden silencioso que va enfriando las temperaturas, acortando los días y tamizando la luz de las tardes, se enfrenta, como otras muchas veces, a la búsqueda de una imagen que represente y cierre el tiempo que se acaba. Ahora las revisa en la mínima pantalla de su móvil. Al deslizar el dedo pasan ante sus ojos organizadas por fechas y por eventos, por cursos, por lugares,… y parece imposible que una sola imagen pueda quedar para ocupar un puesto en la pared de recuerdos fotográficos.

Hace unos años, cuando quería encontrar alguna las miraba en el ordenador en el estudio. Con calma iba abriendo carpetas y haciendo una nueva selección de la selección previa. Antes las miró incluso en papel. No podía entonces hacerlo el mismo día que llegaba a casa, ni cuando daba por resuelta la plancha y la maleta. Tenía que esperar un poco a que el revelado y el envío trajeran las imágenes que había ido haciendo y coleccionando al mismo tiempo en la cámara y en la memoria. Por eso a veces, la imagen que el papel devolvía no era la que la memoria creyó guardar.

De todos esos tiempos, la pared de los recuerdos, guarda instantáneas seleccionadas con cariño que son la prueba firme de que en una vida hay muchas vidas. Conserva alguna en blanco y negro de uno de los primeros viajes por el norte de Castilla. Otra en un viaje al Pirineo pagado con uno de sus primeros sueldos. Alguna le recuerda una enorme sonrisa que a veces duda si ha perdido o si se conserva oculta, porque hay cada vez menos ocasiones de mostrarla. Las hay del extranjero: Escocia, Paris, Copenague, Estambul, Madeira, Praga, … Otras con la familia que empezó a crecer al tiempo que siguió haciéndose imprescindible. También hay algunas de trabajo, con compañeros que fueron más que eso; en actos de servicio, o en la escuela.

Y algunas han ido quedando superpuestas. No por voluntad de ocultar nada sino porque la pared parecía no dar más de sí. El mismo marco, como la memoria, aguantaba un recuerdo sobre otro, y después otro. Solo en momentos de mudanza, o de melancolía, las capas más ocultas afloraban. A veces, incluso se imponían dejando a las recientes escondidas.

Esta vez el viaje no había sido uno, sino varios. La compañía no había sido la misma sino muy diversa. Resultaba difícil elegir una imagen que significara tanto. Aunque hubieran sido dos habrían resultado insuficientes  y después de revisar una y muchas fotografías y de cambiar su orden, ninguna parecía merecedora, sin las otras del espacio dejado en la pared.

Por eso no había colgado la foto en los primeros días. Por eso la maleta ya estaba en el altillo y la ropa de verano aguardaba planchada a que la colocaran en el lugar donde pasaba su letargo de invierno. Por eso los días pasaban, y el corazón, la memoria y el móvil no se entendían para seleccionar una foto. Y de repente la memoria supo el porqué. La misma memoria caprichosa que a veces evocaba sabores o palabras al mirar las imágenes le mostró lo imposible de dejar en un cuadro, en una sola imagen, lo que había tallado, internamente, el alma.

Repentinamente, dejó de mirar el móvil. El dedo que se movía de izquierda a derecha rozando apenas la pantalla dejó de hacerlo. Un suspiro profundo, de serenidad y de gratitud, se le arrancó del alma y le llenó los ojos de un agua que no llegó a llorar. Y en su cabeza, alguna de las neuronas que quedaban libres de la emoción gritó “¡Eureka!”. Y entendió la razón no cabía tanta vida y tanto afecto, en una sola imagen. La memoria era el mejor sitio para seguir guardando los recuerdos del alma.

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