El gallo.

Fragmento de “El bolso amarillo” de Lygia Bojunga Nunes.

 – Qué bonito, Rey. ¿Y luchaste?

– No. Nada más comenzar me llevaron de vuelta al gallinero. Entonces llamé a mis quince gallinas y les pedí por favor que me ayudasen. Les expliqué que estaba cansado de tener qu ser un marimandón día y noche. Pero me dijeron: “Eres nuestro dueño. Res quien decide todo lo nuestro.” Sabes, Raquel, no ponían un huevo, no escarbaban la tierra, no hacían nada sin preguntarme: “¿Puedo? ¿Me dejas?” Y si yo respondía: “Oye, mujer, el huevo es tuyo, la vida es tuya, hazlo como te parezca mejor”, se echaban a llorar, no querían comer, adelgazaban, algunas hasta se morían. Les parecía mejor tener un dueño mandando el día entero – “¡haz esto!, ¡haz lo otro!, ¡pon un huevo!, ¡coge una lombriz!” – que tener que decidir. Decían que daba mucha pereza pensar.

– ¡Vaya!

– Para que veas, fíjate.

-¿Quieres decir que no te ayudaron? ¡Ja! Cuando les expliqué que desde pequeño soñaba con un gallinero majo, con todo el mundo opinando, decidiendo sus cosas, echando por tierra esa historia de que los gallos deben ser unos marimandones, ¿sabes lo que hicieron? Llamaron al dueño del gallinero y me denunciaron.

-¿Será posible?

– Me enfadé muchísimo. Me subí en el palo y grité: “¡No quiero mandar más! ¡Quiero vivir en un gallinero con otros gallos! ¡Quiero que las gallinas manden también con los gallos!”

– ¡Fenomenal!

– Sí, verás lo fenomenal; me llevaron preso.

– Pero, ¿por qué?

-Para que aprendiera a no ser un gallo diferente. Me pusieron en cuarto oscuro. Era tan oscuro que al salir de allí lo veía todo negro. Sólo poco a poco los colores fueron volviendo. Me encerraron por mucho tiempo; sufrí mucho. Hasta que un día me soltaron. Y me dijeron: “De ahora en adelante vas a ser un cuidador de gallinas como fue tu padre, tu abuelo, tu bisabuelo, tu tatarabuelo; si no, volverás al cuarto oscuro.” Y las gallinas dijeron: “Déjenlo con nosotras: si no se porta bien, les avisamos.” Pero yo no era como mi abuelo, ni como mi bisabuelo, ni como mi tatarabuelo. ¿Qué podía hacer? Sería mucho más fácil seguir pensando igual que ellos. Pero no era sí, ¿y qué? Un día metieron a otro gallo conmigo, para ponerme a prueba. Creían que iba a armar un follón y decir “¡Solamente uno manda en el gallinero! ¡Peleemos para decidir cuál de los dos es el dueño de todas esas gallinas!” Pero en vez de eso le dije: “Oye, colega, ¿me ayudas a acabar con esa manía de que tenemos que mandar sobre ellas?” ¡Hay que ver! Todos salieron corriendo a denunciarme. (…/…)

 

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