Antártida

Ahora que estamos metidos en casa por tiempo indefinido, que a veces nos agobia y nos darían ganas de dar puñetazos en las paredes para que nos dejaran salir, me he acordado de una historia que me sucedió en un lugar que no tenía paredes, pero que yo hubiera deseado que las tuviera.

A mi me gusta mucho viajar. Porque viajando se conoce el mundo, otras personas, otros modos de hacer las cosas, y hasta se prueban otras comidas. Pero siempre había planeado mis viajes. Unas veces con la familia, otras con amigos, e incluso, de vez en cuando, me gustaba hacer un pequeño viaje con desconocidos.

Sin embargo, una vez, hace muchos, muchos años, viajé sin querer y de repente. Y al principio no me gustó nada.

Aparecí de repente en un campo abierto, cubierto de nieve, helado y sola. Enseguida tuve la certeza de que estaba muy lejos de mi casa y de mi tierra conocida.  No era ni de día ni de noche. Había una luz difusa como la que caracteriza el límite entre el día y la noche. Pero el desconcierto del viaje imprevisto y el desconocimiento del lugar donde me encontraba no me permitían saber si estaba amaneciendo o anocheciendo. No fue importante, porque todo el tiempo que duró mi viaje la luz permaneció igual, en penumbra, y no logré ver si había señas de la posición del sol para adivinar donde estaban el este y el oeste.

No había tampoco ninguna seña de vida humana. Miré al horizonte y todo lo que alcanzaba a ver era blanco de hielo. No se vislumbraba ninguna casa solitaria, ni el humo de ninguna chimenea, ni ningún resplandor lejano que pudiera ser señal de que había algún pueblo o ciudad cercano. No recuerdo haber visto ningún bosque, tampoco ningún árbol. Creo que los buscaba con la mirada porque eran mi única esperanza de que escondieran detrás la presencia humana en ese desconocido paisaje al que había viajado sin querer. No los encontré mirando de frente al horizonte que se abría inmenso ante mí, en tal como había aparecido allí. Por eso, creo que sin pensarlo, empecé a dar lentamente la vuelta sobre mis talones y mi sorpresa fue comprobar que en todo el horizonte que me rodeaba la situación era idéntica: hielo, frío, alguna leve ondulación del terreno, luz crepuscular, y nada más.

En algún momento creí recuperar el sentido del oído. Hubiera dicho que alguien me hablaba indicándome a donde mirar o qué buscar, pero me dí cuenta enseguida que lo único que escuchaba era mi propio pensamiento y con él una mezcla de sorpresa, aturdimiento y miedo. Procuré detener el pensamiento por si lograba escuchar algo, con el oído hacia fuera, en aquel inhóspito paisaje. Nada. Solo se oía el silencio más absoluto.

Tocaba decidir y solo había dos decisiones posibles.

Una era pararme allí y esperar a que pasara algo. Era la más tentadora. La parálisis del miedo. Esperar que alguien apareciera, que me buscaran, que pensaran en mí, que me protegieran y me dieran lo necesario, … Pero no había donde hacerlo. No había una cabaña donde protegerse; ni un muro donde cobijarse. No llevaba maleta, ni tenía una manta con la que cubrirme. De repente solo sentí una enorme nostalgia. El recuerdo de mi casa. No era lo que contenía. Eran sus paredes que me cobijaban y que de alguna manera eran mi horizonte habitual, el que me daba seguridad cada nuevo día. Y en milésimas de segundo, la nostalgia dio lugar al pánico. No quería estar allí pero no sabía ni como había llegado ni como podía salir. Quise llorar, pero no pude. Quise gritar, pero la certeza de que nadie me escucharía me lo impidió. Quise despertar, por si solo estuviera atrapada en un mal sueño. Pero sentí el frio en los pies y en el rostro y supe que estaba despierta.  

Por eso adopté la otra decisión posible. Tenía que actuar con determinación. Y lo único que podía hacer era andar, y andar hacia delante. Recordé un montón de historias que había leído en los libros sobre viajeros y exploradores que no llegaban a ningún sitio porque terminaban andando en círculo sobre sus pasos. Y a la determinación de caminar, añadí la de hacerlo siempre de frente, sin dejarme despistar mirando a uno y otro lado en busca de la ayuda que no había. Mi decisión era salir de allí. Todo había cambiado. Yo misma habría cambiado cuando llegara al final de ese desierto de hielo, cuando acabara ese viaje imprevisto. No había otra cosa que yo pudiera hacer allí, solo caminar hacia delante.

Y eso hice. Me erguí. Miré al frente. Y empecé a caminar con determinación. El plan estaba claro. Estaba en un sitio del que quería salir y, hasta donde alcanzaba a saber, dependía de mi lograrlo. Eso es lo que me corresponde hacer aquí y ahora. Y comencé a caminar, y a caminar. Al principio contaba los pasos para entretenerme y para llenar el silencio. Después me ponía metas; mil pasos; dos mil; tres mil quinientos. Y en algún momento debí perder la conciencia de mi misma y solo tuve la seguridad de andar, porque andar me sacaba de mi soledad en ese campo abierto, helado, tenebrosamente silencioso y en penumbra  donde no quería estar. 

No sé como sucedió el resto. Mi siguiente recuerdo me lleva a una cama en una habitación sencilla que todavía no era mi casa. Allí agradecí enormemente la presencia de paredes protectoras. Desde la cama, vi el reflejo de mi rostro en un espejo antiguo que estaba en la mesilla de noche. Era yo. Pero no era la misma.

Una persona desconocida, de rostro amable y dulce voz entro en la habitación al notarme despierta. Me acarició la mano y recordé el entrañable abrazo de las caricias. Me sonrió y como si siempre hubiera tenido la obligación de cuidarme, fijó su mirada en la mía y me dijo:

_ ¿Estás bien? Has atravesado la Antártida.

3 comentarios

  1. Gracias por tan excelente relato. Hay Antártidas que son recurrentes, y que atravesaremos con la certeza de llegar a casa. Un beso

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